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  • Antología: Poemas de Pedro Prado
  • Antología: Poemas de Pedro Prado
DOI: 10.5354/clr.1922.7874

Resumen

Abstract

ANTOLOGIA: POEMAS DE PEDRO PRADO

ES el EX LIBRIS de este, poeta altísimo la silueta de un hombre, sentado en una colina, desde donde la lejanía de los campos se muestra en árboles y nubes lejanas. Una planta está en sus labios y si la escucháis oiréis ritmos libres y serenos; abiertos como una carretera, atados como una bandada cantora. Veréis pasar por su música, suavizándose, las sandalias de los vagabundos, que es vagabunda su música. Veréis crecer en ella las salvajes malezas de las heredades abandonadas, que su música es abandonada y salvaje. Creeréis, a veces, percibir en su canción, el aroma de las frescas bodegas que retienen aún el alma de las frutas que cobijaron, la sutil esencia de cien vinos olorosos. Y oiréis, otras veces, el ancho abrazo de las olas, el furioso beso de todos los vientos, el aleteo indomable de aves sabias y desconocidas. A veces sentiréis remecida su música en un temblor de entrañas sacudidas, de infinitas angustias. Otras veces aún (Androvar ébrio o Alsino volador) veréis un hombre dueño de las cosas, extraer de ellas enseñanzas imprevistas, lecciones ocultas. Otras veces aún...

INVOCACION

Venid, palabras puras, livianas y encendidas como aves en un vuelo luminoso. El hálito de mi amor os torna trémulas. Sois copas que en la embriaguez de la emoción se chocan. Un canto, vuestro roce musical despierta, Más si escancio el olvido, el ansia y la tristeza., triple licor traslúcido y ardiente, vuestros fríos cuerpos impalpables lanzan el suspiro que enmudece a las frágiles copas que se trizan por recibir, rendidas y temblando, el calor de los vinos cuando hierven.

EN LA NOCHE

La noche cubre los campos como un agua oscura y sutil. Después de haber entrado hasta en las últimas concavidades de las dunas, eleva silenciosamente su nivel mil veces por encima de las más altas montañas. Una niebla delgada, que el viento empuja contra el mar, vela los contornos de las cosas y hace que ellas se compenetren. La luna, que cae hacia el poniente, brilla, pálida tras la niebla. En torno de la luna se ven dos nacarados y enormes círculos concéntricos. Alguien ha tañido esa campana de plata: son dos ondas sonoras que se propagan por los dominios de la noche silenciosa. Alguien ha arrojado la luna, como una moneda de oro, contra las mansas aguas del infinito; su caída ha hecho nacer esos círculos crecientes y gigantescos. El mar, convertido en una sombra sonora, canta; su voz se mezcla a la niebla que brota de su seno, a la niebla débil que se opone, sin fuerzas, al viento frío y cortante que baja de las nevadas cordilleras. Por angosto desaguadero un lago pugna por vaciar su tributo en el mar; pero las olas, desde la muerte del invierno, han vencido y ahora elevan y mantienen una constante valla de arena. Las aguas del lago, buscando cumplir con su destino, se filtran calladamente; pero van con tanto despacio, que se espesan y pudren, y las innumerables fosforescencias que vagan en la noche como fuegos fatuos por encima de los pantanos, juegan y danzan sobre ellas como niños alegres y caprichosos. Más allá del desaguadero el lago es puro y transparente. Cerca de los trémulos pajonales, y en un sitio que nadie conoce, los flamencos, sentados a horcajadas en sus altos nidos de barro, empollan y duermen. Los huillines que en día pasaron en sus escondidos lechos de hierbas, ahora aprovechan la pálida vislumbre de la luna y pescan confiados y pacientes. Y del mismo modo que las iglesias guardan las melodías de las oraciones y de los cánticos que en ellas se elevaron, la enorme cuenca que forman las colinas que rodean el lago, está llena de una dulzura que sólo se atribuye a la placidez del agua que duerme, cuando ella está formada por los últimos ecos de los melancólicos cantos, de los pidenes y de todas las aves que, desde incontables atardeceres, aquí se reúnen para elevar sus oraciones cuando aún brillan las últimas horas rosadas y luminosas. Como nadie las ve, las dunas avanzan con más prisa que la que tienen cuando el sol brilla. Hay una mísera aldea de pescadores y labriegos que las dunas estrechan contra el desaguadero, donde las miasmas se incorporan a las densas nieblas del pantano. Las chozas, construidas con ramas traídas de la montaña, todavía no pierden sus hojas y su fragancia cuando, antes del año, ceden al peso de la arena que se ha ido acumulando contra los débiles tabiques. Entonces es preciso volver a la montaña por otras ramas y construir una nueva y pasajera morada. Una vez, una vaca que vagaba extraviada en la noche por los arenales llegó a este caserío. Hambrienta y ciega por la oscuridad, bajando por el declive de la duna, dio con frágil y engañosa techumbre de una choza medio sepultada. Cuando comía con ansias las hojas secas, dentro los habitantes de la choza se santiguaban al no descifrar los ruidos extraños de la techumbre, Y cuando, al avanzar otro paso, cayó con estrépito en medio de habitación, arrastrando consigo las ramas rotas, sus bramidos de angustia y su gran cabeza armada de enormes astas que sacudía en su desesperación, hicieron creer a los aterrados moradores en la visita del Señor de los Infiernos. Esta noche, en cada choza también se oye un ruido. Es el chisporroteo fino y constante que hacen los granos de arena al chocar contra las hojas secas y coriáceas. Ni por un segundo el trémolo cesa; ya es casi imperceptible como débil llovizna que se cierne y cae; ya sube de tono más y más hasta semejar el ruido de la grasa hirviendo; ya se atenúa y cesa, casi no se le oye, pero es preciso perder la esperanza de que alguna vez concluya, porque siempre hay un grano de arena que resbala. Hacia el oriente, en la última choza, duermen una anciana y dos niños. Uno de los niños despierta y abre, abre desmesuradamente los ojos en la oscuridad. El paso de su propia sangre le finge rojas alucinaciones apagados fulgores que él cree se desprenden de las tinieblas circundantes. El miedo le turba, cierra los párpados con fuerza y esconde su cabeza entre las mantas. El otro niño, tal vez embriagado con el perfume violento de las ramas de boldo que forman la choza, tiene un ensueño a la vez sencillo y maravilloso. Sueña que volar es una hazaña que no requiere esfuerzo alguno; sueña que volar es un hecho fácil para todo aquel que deje su peso en tierra. Se asombra de no haber tenido antes tal ocurrencia, y una y otra vez, sólo con la fuerza de su propia voluntad, se desprende suavemente del suelo; poco a poco se eleva, y va y viene con rapidez, por el aire. Pasa por encima de la choza y de la aldea, pasa por sobre los montes de arena y cruza el lago a gran altura, sonriendo de los arroyos que, a la luz de la luna, vierten en él sus aguas. Desde allí se divisan tan pequeños y brillantes, que sólo parecen rastros dejados por los caracoles entre las hierbas.

MI CANTO

No sé lo que voy a decir. Ignoro lo que voy a cantar. Mi voz aún está en el fondo de mi mismo. Sonrío como una madre que siente a su hijo agitarse en las entrañas. Al igual de ella, yo no sé si mi canto será rudo como un hombre o tierno como una mujer. No lo sé; pero estoy cierto de que vive y se nutre silenciosamente. No lo sé; pero sonrío imaginando su belleza. Cuando él nazca, yo también estaré entre la vida y la muerte. Y cuando él pueda valerse por sí solo y lleguen mis amigos, yo lo presentiré orgulloso y embelesado. Y él cantará con su voz pura y juvenil. Mis amigos sonreirán indiferentes y yo no diré nada, nada. Solo sufriré, porque sus palabras, como aves perseguidas, buscaran mis oídos con insistencia. Sólo sufriré, porque mi canto no tiene cabellos que poder acariciar, ni ojos que poder besar, ni cuerpo que proteger entre mis brazos tristes y paternales.

EL VUELO

No sé nada, y afirmo. No sé nada y elijo, No sé nada y ejecuto mis obras y elevo mis canciones. Mis dudas no me doblegan; mi ignorancia no me abruma. Como un pájaro inocente, en el arrebato de sus trinos, mi propia inconsciencia me ha salvado de las asechanzas de una alimaña o de la astucia de un cazador. Ebrio vuelo por los aires de la vida. Una incierta verdad y una constante inquietud se posan sobre mis alas. Debo volar con ellas y escuchar sus voces; pero mis fuerzas pueden fácilmente con su carga y en mis alas hay una sabiduría que yo no sospechaba. Yo me dejo ir por los ríos del viento y cruzo los remansos del aire. Yo no sé adonde va mi vuelo; pero aún a media noche lo siento tan robusto y seguro, que duermo tranquilo entre mis alas que reman y me llevan hacia un destino desconocido.

EL DESEO SIN NOMBRE

Una vez más mis manos, que se agitan temblorosas, quieren emprender algo desconocido y se estremecen anhelantes por servir a lo que desea ser. Una vez más mi garganta henchida es un nido ardiente de voces ignoradas que pugnan por surgir, y que se truecan en silbos angustiosos de flechas que rasgan el aire. Mis ojos, con el brillo de la fiebre, se abren impacientes por ver lo que debe venir, y mis oídos, obsesionados por dolorosa atención, esperan un eco que nunca llega. Vibra mi cuerpo como la vela hinchada al paso del vendaval, y cómo ella, no sabe qué hacer para entregarse y volar en alas del torbellino. Una vez más, he aquí que me detengo y me pregunto ¿qué deseo? Porque hay un deseo constante que perdura, cumplidos nuestros fáciles anhelos; porque hay una ansia infinita que supera a toda vana ambición. Deseo sin nombre, objeto sin forma, finalidad sin limites, tú arraigas como un árbol monstruoso que crece y crece sin cesar y muere sin que alcance a florecer jamás. ¿Debernos cumplir un propósito ignorado? ¿realizar alguna oculta esperanza? ¡Nadie lo recuerda, nadie! Porque solo sabemos que algo deseamos, lloro la memoria del fin y del objeto. Peregrino poseído de ira y de tristeza me pregunto ¿a dónde voy? y sin saber qué responder debo elegir y marchar sin descanso, bajo la hermosura de los cielos hostiles. Delirante, estrujo mi cabeza entre las manos crueles y la increpo y la torturo como a un ladrón ¿dónde ocultaste mi memoria, donde? A todos los sangrientos suplicios pido ayuda, pero nunca confiesa, nunca! Y caminando, lloro mi desventura y el viento del desierto seca mis lagrimas antes de nacer. Y veo, así, a mi paso, cómo los hombres ante la muerte, inquietos, desesperados, sin deseos de partir, conscientes de no haber cumplido, lloran la crueldad del destino que, en la memoria perdida, dejó un deseo sin nombre!

EL VIENTO DEL MAR

Algo más sutil que tú mismo, en tus galas nos traes.

Se torna oscuro el día con tu sombra, oh! viento: y los fantasmas que pueblan los caminos se incorporan a las nubes de polvo.

Viento loco, deseoso de espumas, que soplas de la mar; te huyen las gaviotas que lanzan su graznido a la tempestad.

Viento invisible que sacuden a los árboles que se agitan y quieren escapar como llenos de un terror humano.

Canto que no cesas en las costas solitarias, fuerza que empujas contra las húmedas rocas que se agigantan para morir.

Noble belleza de las alas que en la muerte alcanzan su figura suprema.

Nazcan de sus propios cuerpos, las rosas de la espuma, blancas como las rosas de Noviembre, y en una curva suave, como una guirnalda, extiéndanse a lo largo de las playas sinuosas.

¡Soplad oh! viento, soplad el polvo que el camino deja sobre los árboles que se llenan de sombra.

Sacudid las altas ramas que se negaron a los muchachos y a los pájaros glotones y dejad que esos frutos se pierdan sin provecho de nadie.

Id a azotar el flanco de las nubes, y las nubes, impacientes y ligeras, vagarán por el cielo de la noche como ávido ganado que consume a los campos en flor.

A tu paso que no quede ventana que no golpee furiosamente llevando la vigilia a los moradores de las casas.

Que el pánico impere en las aldeas, cuando las campanas sean echadas a vuelo por tu oculto poder.

Sed una tregua, viento ululante, en el acecho continuo de los salvajes habitantes de la montaña.

Y ved porque caiga arrollado en tus brazos, el árbol que prestara más empeño en subir a la altura que en bajar a las entrañas de la tierra.

Sí, que caiga con el ruido sordo de los truenos que azotan.

Aullad, oh! viento, aullad como un perro inquieto que presiente los espíritus malignos.

Huid, huid silbando como una gigante sierpe enloquecida. Que la vida se intensifique a tu paso, oh! buen viejo rudo; y que todo se agigante y arda con el estrépito de un incendio devorador.

Que los débiles sientan el vacío de su insignificancia; y que los bandidos aprovechen el ardor que comunicas y salgan sirviéndose de vos como de un cómplice.

Que el malo sea peor bajo tu égida, viento implacable; y que el justo sea mejor bajo tus gritos iracundos.

Pasad atronando con tu voz milenaria, viento de tempestad.

Yo iré a escucharte y a embriagarme en ti; sí; yo iré, entre el torbellino de las espumas y del las hojas, a sentirme un mendigo azotado por tu látigo o a creerme un amante envuelto en el abrazo enloquecido de una inmensa pasión.

Y al igual de la fárdela que te ama, viento de tempestad, mi alma anhelante volará sobre las aguas agitadas más allá del archipiélago postrero, lejos del último recuerdo de la tierra, allí donde corren desbocadas las olas monstruosas que azotan a las nubes, allí donde reina el silencio de las voces humanas, ahogado en el canto de las voces ocultas!

LOS DIAS INOLVIDABLES

En estos años de madurez, en las mañanas acogedoras del verano, trepo a una pieza rústica construida sobre grandes bodegas abandonadas que deslindan con el campo. En ella un tranquilo silencio, tal invisible agua dormida, está siempre colmándola . Coma en un baño reparador, penetro en su recinto, y por las amplias ventanas contemplo de un lado los campos, del otro la ciudad. Sigo ascendiendo hasta una terraza que hay sobre la pieza, y desnudo y recostado recibo por largas horas, los rayos del sol. Mis ojos que miran el cielo sin nubes, al afinar más y más la potencia de su visión, perciben hasta las arañas pequeñitas llevadas por la brisa, adheridas a sedas brillantes. Cuando las arañitas pasan, mis ojos descubren unas finas culebrillas; al perseguirlas con la mirada, se alejan, y al volver a levantar la vista, retornan. Cada vez que miro el cielo límpido, distingo con claridad esas culebrillas que son impurezas de mi visión. Es allí, en ese alto y solitario refugio, donde amo meditar. A veces descubro viejos y pequeños pensamientos Pero ha habido días inolvidables, de solitaria emoción, cuya fecha, como un enamorado, grabadas con mi cuchillo en las maderas de la terraza, he buscado que queden allí por largos años!

MI AMOR ERA TAN PURO...

Mi amor era tan puro y diáfano que tú no lo veías. ¿Qué hacer? me dije. Y lo enturbié.

LA DESPEDIDA

Mis amigos, ¡adiós! Aguardan los remeros con sus remos levantados y ya el barco despliega su velamen como si los altos mástiles florecieran. Viajar: placer y tristeza. Quisiera ir y quedarme; quisiera hacer y no hacer al mismo tiempo. Es triste: a la elección llamamos libertad. Mi libertad no quisiera verse obligada a elegir un camino; mi libertad quisiera recorrerlos todos a un mismo tiempo. Si pudiera hacer y no hacer una acción, tendría una experiencia útil. Como no puedo optar sino entre ejecutarla o no, mi experiencia vale bien poca cosa. Mi ser es uno y quisiera desdoblarse. Quisiera observar desde lejos que silueta dibuja mi cuerpo, y saber si, cuando lloro, yo también parezco un miserable. Mis amigos, ¡adiós! Mientras tengamos que elegir no podremos ser felices. ¡Ah! si yo pudiera, como los niños curiosos escogería todo a la vez. Escogería la vida y la muerte. Quien sabe si ello no os serviría, pues, si comprendiera que con mi revelación iba a trocar vuestra inquietud, en dolor irremediable, yo no diría nada, nada. Mis amigos, ¡adiós! Cuidad de los míos. Ya el barco, con todas las hermosas velas desplegadas, me aguarda.

Pedro Prado.