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  • Nuestro Juan Gandulfo

Resumen

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Abstract

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nuestro juan gandulfo

Nadie olvida aun su cabeza regordeta, media calva, ni su frente madura bajo la cual chispeaban sus ojos traslúcidos de sonriente juventud. Camina entre nosotros, alegre y decidor, como todos los días, con ese sabroso humor tan suyo que le servía a maravilla para disimular su corazón abierto a todos. Camina entre nosotros todavía. Y, sin embargo... Era Juan Gandulfo una suma de hombres. Todos diferentes sin ser contradictorios. Les unía esa recia generosidad de su pecho, siempre en vigilia, y que constituía acaso su único misterio. Evocarlo tal como fue en la vida es difícil aun cuando la emoción mueva las palabras. Cordialmente se ha hablado de él como amigo, como médico, como guía de estudiantes, como inquietador del hermano proletario. Pero se le ha olvidado como periodista. Estas páginas le tuvieron como redactor en esa época, romántica y levantisca, de la vieja Federación de Estudiantes. Obreros y estudiantes pedían entonces algo insólito en la sociedad chilena. Pedían justicia y pan. Los patricios de Chile, dueños de rebaños de hombres y de animales, sintieron al principio un súbito encogimiento. Habían hecho de la mansedumbre del pueblo una virtud de orden y no aguardaban esta rebeldía. Pero, rehechos con presteza, iniciaron una devoradora represión persiguiendo a los subversivos. Conjuntamente sellaron sus periódicos y redujeron a cenizas sus locales. Uno de los primeros en empuñar su protesta fue Juan Gandulfo. Desde ese instante su suerte quedó decidida. En Abril de 1920 fue encarcelado por decir que el presidente Sanfuentes era inapto para resolver los problemas sociales. “Aquello sucedía– cuenta Gandulfo– mientras se mantenían en huelga los carboníferos, los cuales llevaban varios días de ayuno bajo la lluvia, y se veían obligados a enterrar a sus hijos en la arena de la playa para que no murieran de frío, pues la población minera había sido arrojada violentamente de sus hogares”. Por análogo saludo a la verdad, fue apresado de nuevo el 29 de Agosto del mismo año permaneciendo noventa y ocho días en la “Siberia” como llamaba pintorescamente a la Cárcel. Por esa época salía este periódico como el joven hondero al encuentro de Goliath. Gandulfo fue uno de los que se apresuraron a venir aquí, movilizados por la libertad grande. Su primer artículo, empezado en la persecución y acabado en la Cárcel, apareció el 27 de Noviembre de 1920. Historiaba en él aquella hora inquietante– cien veces repetida después– en que el clamoreo del hambre era estimado subversión. Desde ese comienzo fue fiel a estas páginas. Escribía de preferencia carteles firmándoles primero con el pseudónimo de Iván y luego de Juan Guerra. El cartel es un género de la literatura revolucionaria. Participa del pensamiento y del lirismo y requiere un brío quemante que envuelva la idea en canto y hervor. Gandulfo sobresalió pronto en esta espiritual artesanía. El cartel se colorea de vida bajo su pluma; las palabras encienden sus fuegos y expresan con una vehemencia magnética la ironía y la esperanza, la media voz de la ternura y un desprecio erizado de zarpas. Aparte de esta obra do fervor, escribió aquí numerosos artículos latigueando la comedia cotidiana, oponiendo a las maulas de los gobernantes y de la prensa su arisca sinceridad. Hay un artículo suyo que es alucinante; narra en él con amarga veracidad las depravaciones en que deben caer los presos, dos veces condenados por la ley. Su pluma es daga cuando se hunde en estas miserias de la burguesía. Estalla otras veces en volterianas chispas para fulminar mejor. Así, a unos veteranos que piden socorros al Gobierno les dice con gentileza: “¡Eh, viejitos pedigüeños! sed respetuosos con la patria y sus gobernantes, ya que ellos son generosos y os permiten pedir limosna”. Con el mismo tonillo amistoso les florea estas palabras a los obreros: “¡Compañerito obrero, hay que alegrarse: hoy es 18 de Septiembre, hace más de cien años que somos un pueblo libre! Así lo gritan los patrones y debe ser cierto”. En otra ocasión, interrogado sobre la libertad de opinar que desconocía el Gobierno de entonces, escribe esta sentencia lapidaria: “Debemos estar agradecidos del Gobierno que aun nos permite la libre emisión de la orina”. Otra faceta de este hombre extraordinario son los dibujos que destinó a este periódico y que tienen un sabor inefable. Nadie podrá olvidar aquellos con que decoró un artículo de Alfredo Demaría sobre “Grafología mural”. Con este asunto, los finos y caladores ojos de Juan atraparon ciertos rincones de arrabal con una fidelidad y una gracia criolla estupendas. No cesa aquí el aporte de Juan Gandulfo para Claridad. También desempeñaba oficios más humildes. Corregía pruebas y, ya de madrugada, salía con otros muchachos a pegar nuestros anuncios por la ciudad solitaria. No estaba exenta de peligros esta aventura; requería piernas de conejo para escabullirse, porque los guardianes solían despertar y, por no incurrir en deliberación, seguían a cualquier transeúnte, cabalmente a los más pacíficos. Recuerdo una vez que estábamos pegando con toda prolijidad un cartelón en el penumbroso atrio de la iglesia de San Isidro y Juan me decía: “Si nos sale un paco le tiramos el engrudo por los ojos”. En este instante oímos un sordo bostezo y del atrio en sombra emergió un policial gigante, velludo y tatuado de viruelas; parecía el dios del mal. No lo pudimos verificar a ciencia cierta porque hubimos de irnos en volandas, perseguidos por la aparición. ¡Admirable Juan Gandulfo! En todas sus obras ponía una saludable voluntad de perfección. Merced a eso salía airoso en todo: en una operación arriesgada como en un dibujo irónico; en un artículo tempestuoso como en una carrera obligatoria... Era la acción misma. ¡Por eso, cuánto cuesta imaginarlo ahora inmóvil, recostado para siempre en el pequeño cementerio de Viña del Mar!

Sergio ATRIA.