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  • Oro, derecho y deber

Resumen

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Abstract

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Oro, Derecho y Deber

Este complexo social del derecho y el deber, se puede enunciar, en esencia: derecho a ser, deber de ser y dejar que sean los demás. Son instancias biológicas que perduran tras de todo desmoronamiento del edificio social. Es decir, persisten porque encarnan la verdad vital misma, la legitimidad en su sentido intrínseco. Estas mociones o instancias fundamentales deben conjugarse en determinada fórmula que se nos traduzca en sentido de justicia. O sea, modo de registrar y valorizar con la conciencia sensible los propios y ajenos actos en cuanto a derechos y deberes. Los derechos son más primaria y violentamente orgánicos que los deberes. Son, en un comienzo, imperativos vitales que vienen a la expresión con la vida misma. Los deberes empiezan con el despuntar de la conciencia oblativa, con las primeras nociones del sentido de comunidad. En el niño lactante– todo entero un aparato digestivo, de captación– el derecho trofista o nutritivo se expresa en la totalidad de sus gestos, y su tiempo vital se reduce a los dos compases fundamentales de la vida: asimilar y desasimilar. Siendo un desvalido de la Naturaleza, el niño establece en el medio familiar o social la tiranía de sus derechos en forma absoluta, despertando todo un complexo de deberes para el servicio de sus necesidades. Como esto es natural, no provoca resistencia ni repugnancia la tiranía del niño, sino que, muy al contrario, tratándose de servir a la vida misma, todos colaboran, con amor, en el servicio. Psicológicamente, nos colocamos o proyectamos en el infante, nos volvemos a sentir niños y, profunda e ineludible, la conciencia de la especie nos sensibiliza con el semejante, en tiempo y espacio. En todo comienzo, como en todo estado regresivo o de crisis, los derechos priman sobre los deberes. Es la vida que nace o en crisis, la que provoca este fenómeno del desequilibrio entre el derecho y deber, que siendo desequilibrio, no implica injusticia porque se trata de instancias de la vida misma. Los deberes nacen mucho después que la vida. Despuntan con la conciencia oblativa que nos crea a su vez, el sentido de comunidad. Solamente en los héroes y santos– y éstos aparecen siempre en los períodos nebulosos de nueva organización vital, durante las crisis de la humanidad– consiguen supeditar su derecho a su deber, en las extremas circunstancias del heroísmo. Pero ni los héroes ni los santos son vitalicios, ni mucho menos obligatorios. Además, si hacen época y redimen, es porque verificaron ellos lo que la masa quiere sin poderlo, sirviendo de síntesis expresiva a los anhelos vitales de la colectividad. Naciendo los derechos con la vida misma, el modus vivendi colectivo debe ser un permanente ensayo de cumplir cada vez mejor con los deberes, sin lesionar la integridad de los derechos. Cuando se produce dicha lesión, el organismo social entra en crisis, si conserva en potencia sus capacidades de reacción, o simplemente decae hasta el aniquilamiento y la muerte, si dichas capacidades ya no existían en el emporio de sus reservas. Todo derecho ejercido, como todo deber verificado conforme a nuestro íntimo sentido de justicia, se nos traduce en placer. Es el caso del trabajo cuya estructura afectiva es la colaboración. Toda la energía desplazada y liberada en la colaboración, en la acción conjugada de varios seres hacia una finalidad común, irradia alegría, se efectúa gozosamente y lleva, por lo tanto a la fraternidad humana. Desarrolla en cada uno el sentimiento de comunidad. O sea, haciendo sensible, sintonizando la conciencia individual a la conciencia del todo, hace que la célula se conozca en el organismo y el todo en la parte. Pero, no es lo corriente que la unanimidad humana tenga por causa la necesidad de una colaboración constructiva. Mientras la técnica social no lesiona los derechos vitales, todos cumplimos con los deberes colectivos sin reparar mayormente en ellos, sin que nos provoquen placer ni sufrimiento. Cumplimos por una razón especuladora, ya que así nos mantenemos en relativa libertad para el gozo de nuestros derechos. Salvo los casos de deberes con raíz cósmica o sagrada– abnegación, sacrificio, servicio– y que no registran sino las conciencias cósmicamente condicionadas, todos los demás deberes, los convencionalistas no se cumplen, en último término, sino para mantener nuestros derechos vitales. De aquí que, cuando la técnica social– que será artificiosa y esquemática mientras no sea totalmente biológica– lesiona dichos intereses de la vida misma, todos los lesionados confluyen en la acción común y defensiva de sus derechos. El derecho a vivir, orgánicamente expresado en el infante, durante los primeros meses de la vida, tiene su símbolo de poder en el oro, contemplado el caso en el organismo colectivo. El oro, pues, es un símbolo artificial y convencional en el que se ha puesto, por transferencia, el derecho a vivir El instinto trofista o de captación, por razón de inercia– buscar la línea del menor esfuerzo o de primacía de los derechos sobre los deberes– lógicamente ha tenido que llevar al hombre a un extravío, la acumulación de oro que le asegure en sus derechos a la vida y, aparentemente, se los dilate en dominio. En el rico, gracias al oro aumentan artificialmente sus derechos a la vida. Pero, muy al revés que en el niño, sentimos que hay una injusticia fundamental y honda en el núcleo mismo de toda riqueza, y la tiranía del rico, lejos de infundir amor y llevar a la colaboración, es separatista, despierta odio, rencores y repugnancias de toda especie. Es que no se trata de un derecho de la naturaleza, sino de una simbolización artificiosa de tal derecho. Por algo Jesús puso al rico muy por debajo del camello, en cuanto a posibilidades de salvación. Un millonario puede comprender especulativamente lo que es sentido de justicia, pero no cabrá en su afectividad dicho sentimiento sino en manera muy estrecha, en la sola medida que no lesione sus intereses. Al defender sus caudales, el rico no defiende, tanto su derecho a poseer más, sino que se defiende de ser desposeído, de tener menos, de llegar a la pobreza. El oro ha cobrado, por substitución, carácter de factor vital, y reemplaza en el rico muchas miserias y deficiencias morales y orgánicas. De aquí, por lo demás, que en el avaro patológico, el oro sea objeto de amor, extravío sexual muy cercano al uranismo y a la neurosis narcisística. Pero la explicación psicoanalítica de la acumulación de la riqueza, no la justifica como técnica social, sino que, al explicarle, le señala como un proceso patológico de la psiquis colectiva. La acumulación de la riqueza lesiona, pues, los derechos vitales de todos y los malogra en beneficio de los menos, cohibiendo la acción feliz y libre de la vida. Resulta perfectamente estúpido y egoísta hasta el crimen, alegar que nada tiene que hacer la afectividad con la cuestión social. La aguja reguladora de la justicia vital– no la de los códigos convencionales– oscila entre el odio y el amor; está movida por la afectividad y determina efectivamente la directriz de la acción reivindicadora. En el rico mismo, el acto de caridad– si así se puede llamar– es una mísera forma de compensación movida desde una profunda conciencia de justicia social, hacia su propia victima. El derecho a la vida es fundamentalmente justo. La razón de estómago tan despreciada por los idealistas bien nutridos, que nunca han sufrido hambre, está por encima de toda menuda filosofía, de toda doctrina, o técnica social. Para el hambriento hay una sola forma de justicia positiva: comer; y tratándose de un derecho vital, hasta la muerte se justifica en la lucha por la subsistencia. No es que se aconseje el odio ni el asesinato como sistemas sociales. Solamente un imbécil podría concebir tamaña enormidad. Los sentimientos no son aconsejables, son simples consecuencias de los estímulos respectivos. Y no es con palabras, teorías ni doctrinas que se puede despertar amor, sino con hechos que le hagan sensible a la conciencia en una forma integral, psico-orgánica. Está claro que sería lo cristiano y lo deseable, que partiera desde el rico un franco movimiento de renunciación, que viniera a salvar las consecuencias de su error acumulativo. Pero el cristianismo de los ricos es puramente teórico, no pasa de las apariencias visibles y avitales, en que no hay acto cristiano sino una mala falsificación del mismo. Además, ¿cómo esperar del hombre en que prima y prevalece el sentido trofista o de captación, que se despierte a un sentimiento de profunda justicia social, y llegue a compartir sus bienes con el prójimo, en vez de arrojarle infamantemente las migajas del banquete? Es utópico y salido de todo sentido de realidad, pretender una nueva técnica social que sea movida por el amor, de arriba hacia abajo, como quien dice. La miseria incomprensora, la incapacidad para sentir los derechos vitales de todos, está precisamente en el rico, en el egocéntrico. La situación del capitalista dentro de la biología colectiva sería la de un niño crecido que se amamanta más allá de su tiempo fisiológico, robándole a sus hermanos el derecho a nutrirse y condenándolos al raquitismo forzoso y deliberado.

Ramón CLARES P.