Claridad, Vol. 1, No. 33 (1921)

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Don Carlos Vicuña Fuentes Destituido de sus puestos de Profesor Universitario por haber emitido libremente sus opiniones.

«Rechazo con todas las energías de mi alma la persecución y encarcelamiento por simples ideas, cualesquiera que ellas sean. Las ideas se combaten y destruyen también con ideas. La historia nos enseña que jamás ha sido destruida o aniquilado una doctrina con persecuciones o martirios»

Párrafo de un discurso pronunciado en La Cisterna, en el banquete dada en honor del señor Hector Arancibia Lazo, hoy Ministro del Interior, por el señor Arturo Alessandri, en su carácter de Presidente Electo, el 24 de Octubre de 1920.

 

SE EXONERA DE SUS EMPLEOS AL SEÑOR VICUÑA

El Ministro de Instrucción Pública dictó ayer el siguiente decreto: “Santiago, Septiembre 5 de 1921.— Hoy se decretó lo que sigue: Vistos estos antecedentes, decreto: Exonérese de sus empleos de profesor interino del Instituto Pedagógico y profesor propietario del Instituto Nacional, a don Carlos Vicuña Fuentes. Tómese razón y comuníquese.— Alessandri. T. Ramírez F.” 

   

 EL CARTEL DE HOY

(Como un documento histórico que servirá para que las generaciones futuras aprecien la pequeñez intelectual y la miopía moral de los Ministros del Régimen del Amor, publicamos íntegra la carta insolente, a juicio de dichos caballeros, que motivó la expulsión de sus cátedras del Profesor Universitario del señor Carlos Vicuña Fuentes, y con ello el amordazamiento de la libertad de pensamiento).

Como es la única vez que terciaré por la prensa en el debate relativo a mi proposición presentada al directorio de la Federación de Estudiantes sobre el problema del norte, me atrevo a solicitarle que tenga la amabilidad de publicar estas líneas. Tienen ellas por objeto rectificar un concepto equivocado que pudiera tener importancia por haber sido atribuido al señor Ministro de Instrucción, a saber: que yo le haya hecho un distingo entre emitir opiniones y autorizar su publicación, lo que no ha estado en mi ánimo. Es verdad que yo no intervine en la publicación informativa que hizo “La Epoca” de mis conclusiones presentadas al directorio de la Federación de Estudiantes; pero estoy muy lejos de desautorizarla, y por el contrario me complace en alto grado esa publicación, que es un poderoso medio de difusión de mis ideas. Para mí, meditar sobre un problema internacional de la importancia y gravedad del que nos amenaza por el norte, es un deber moral, y difundir el resultado de esas meditaciones, que tienden a buscar soluciones definitivas de paz y de justicia a ese problema, es un altísimo deber social, cuyo cumplimiento no debo eludir ante amenazas explicables. El problema de Tacna y Arica no estriba ciertamente ni en que Chile se quede con esas provincias, ni tampoco en que las devuelva al Perú: plantear en el terreno meramente político esta cuestión carece de verdad, porque el problema es más alto y trascendental. Consiste él esencialmente en que cese el entredicho de Chile y el Perú, vuelva entre ambos la amistad, nacida de la paz moral, y desaparezca el síntoma perturbador de la armonía de nuestro continente. Consecuencia de ello será el cambio de la política agresiva, la disminución de los armamentos, el desarrollo del comercio y la vuelta al predominio de los conceptos morales, hoy día abandonados por la necesidad de cohonestar nuestra política. Me parece una solución conveniente la devolución de esas provincias al Perú, porque es ésta la única manera de llegar a aquella paz y amistad, ya que el Perú no renunciará ni por dinero ni por la fuerza a sus sentimientos, que son respetables y justos. No quiero invocar precedentes ni ejemplos de mi actitud, pero si hacer una sencilla consideración: Chile desde hace treinta años está tratando de resolver este problema mediante una cierta política, no exenta de incoherencia, que los simples particulares ni siquiera conocemos, y el problema ha envejecido sin que la solución satisfaga. En tales condiciones, cuando va en ello la paz de la América, la prosperidad de Chile y la sangre de nuestros propios hijos, ¿no nos será lícito a lo menos, buscar una nueva solución, en reemplazo de la vieja, inadecuada? No es concebible que en una República una opinión como la mía, por mas absurda que se quiera suponer, no pueda ser libremente expresada: es infantil afirmar que ella pueda perturbar la acción del Gobierno, ni es razón para perseguirla el que su autor sea profesor de latín. Perseguida, esa opinión se hará más respetable, pues su prestigio no proviene, sin duda, de las odas de Horacio, que a ratos me complazco en explicar a mis alumnos, sino de la mayor o menor eficacia de ella para la solución del problema propuesto y de las condiciones de entereza moral que pueda yo tener, condiciones que algunos individuos, a quienes sinceramente perdono, se empeñan en agrandar.

CARLOS VICUÑA